Hace unos días he terminado de leer un libro que me ha gustado, «Alas en el corazón» de Simone Moro.
En el libro, Simone habla de dos temas que me encantan, montañas y helicópteros.
El autor no recuerda exactamente cuando salto en él la chispa de su pasión por volar en helicóptero, pero sabe con seguridad que lo que nos cuenta con entusiasmo y emoción en este libro es una pasión intensa e impetuosa. Definirla con palabras no es sencillo: reúne el vertigo del vuelo, el reclamo de las montañas, el desafío personal…
En el capitulo 11 del libro, «Colgando en el vacío», Simone cuenta una anécdota que tuve la suerte de compartir en cierta medida con él: Con Maurizio Folini volamos como jamás se había volado hasta entonces. Realizamos misiones de socorro en varias montañas y aterrizamos en los campamentos 1 y 2 del Everest. Utilizamos también la long line y documentamos muchas de nuestras intervenciones con pequeñas videocámaras instaladas en el interior de la cabina, en el exterior y por debajo del helicóptero. Sacando del campo base del Annapurna a una expedición española, capitaneada por Carlos Soria, Maurizio y yo tuvimos incluso que gestionar una pequeña emergencia en pleno vuelo. El cablecito de acero que formaba la antena de la radio de baja frecuencia del helicóptero, obligatoria a bordo en virtud de una reglamentación interna en Nepal, se desprendió de uno de sus dos puntos de anclaje y termino en el rotor de cola. Por una cosa de ese tipo es fácil dejarse la piel, más aún porque en el valle en el que volábamos era estrecho y angosto, sin posibilidad alguna de aterrizaje seguro en autorrotación. Quiso la fortuna que aquel “inconveniente” se produjera apenas acabábamos de despegar del valle, lo que provocó un corte en una pala del rotor de cola sin comprometer su funcionamiento, y nos permitió resolver la emergencia con un rápido aterrizaje.
La expedición de la que habla, liderada por Carlos Soria, es en la que participe yo en la primavera del 2012.
Recuerdo que llevábamos ya mas de un mes en el campamento base y la montaña se había resistido a nuestros esfuerzos por alcanzar su cumbre. Cada día que pasaba el Annapurna se cargaba mas y mas de nieve y tras un intento en el que llegamos hasta el campo tres y tras padecer tres avalanchas en menos de cuarenta y ocho horas, decidimos dar por concluida la expedición y abandonar el campo base.
El campamento base norte del Annapurna tiene una marcha de aproximación bastante dura y peligrosa, sobre todo para los porteadores, por lo que si haces cuentas sale mas rentable salir de allí en helicóptero que caminando.
El día convenido, a primerísima hora de la mañana, ya estábamos preparados con todos los bultos empaquetados y dispuestos en el centro de la explanada esperando el helicóptero. Lo primero que nos sorprendió es que el helicóptero estuviera puntual. Lo mas habitual es que te desesperes viendo como avanza la mañana y por lo tanto las nubes y la maquina no aparezca. Pero esta vez la espera fue cortísima y claro, el motivo es que el que pilotaba el helicóptero no era un piloto normal, sino un piloto-alpinista que había sufrido en sus carmes en multitud de ocasiones esas largas y angustiosas esperas.
A los mandos venia Maurizio Folini y de copiloto Simone Moro, antiguo amigo de muchos de nosotros.
Toda la calma que habíamos tenido a lo largo de la mañana se transformó en prisas por subir y rápidamente echamos a los chinos el orden de embarque, pues todos estábamos deseosos de llegar al valle. En unos pocos minutos y tras un espectacular vuelo estábamos en Tatopani, con todas nuestras pertenencias y en una pradera cercana estaba el anterior helicóptero y Simone, que nos contaba la incidencia que habían tenido con el cable de la antena de HF. Una de las palas del rotor de cola tenia un buen corte y afortunadamente habían localizado un helicóptero que estaba por la zona para que terminara su trabajo y pudiera sacarnos del campo base.
Al leer el libro he recordado con agrado esta anécdota y sobre todo la increíble sensación de salir de un campo base a 4500 m. de altura en medio del Himalaya y en pocos minutos estar tomándote una cerveza con calorcito en un precioso pueblo nepalí.