El 25 de junio de 1978, recién estrenado el verano, tuve un grave accidente en las Agujas de Cardaño.
El Club Fuentes Carrionas había planificado una salida a la montaña para festejar la noche de San Juan, la más corta del año. El día 24, sábado, un autobús repleto de montañeros llegaba a Cardaño de Arriba para dormir en el refugio del Club Espigüete. La noche fue fantástica. Recuerdo un ambiente extraordinario, bromas, risas… con mis 17 años recién estrenados y un espíritu ansioso de montañas y aventuras ese ambiente me fascinaba.
Dentro de aquel numeroso grupo había un pequeño subgrupo que al día siguiente había decidido hacer una actividad ligeramente distinta al resto. May, Emiliano, Susi, Chema, Susana, Ana, un servidor y otra chica que no recuerdo su nombre y a la cual perdí la pista hace años, no realizaríamos la travesía prevista, sino que nos desviaríamos hacia las Agujas de Cardaño, subiríamos uno de sus corredores y nos uniríamos al grupo más adelante, ya finalizando la travesía.
1978 fue un año de mucha nieve y el 25 de junio todavía quedaba en abundancia por encima del Pozo de las Lomas. May, Chema y yo decidimos acometer uno de los corredores entre las agujas mientras que el resto subían por la zona sin nieve a la derecha del corredor. Ascendíamos con piolet pero sin crampones que iban «reposando tranquilamente» en la mochila. Las botas gruesas de cuero mordían bien la nieve dura al principio, pero en la parte final, con más pendiente, la dureza de la nieve fue superior a la de las botas… y resbale. Al principio controlé el deslizamiento. Adopté la posición de autodetención que habíamos entrenado tantas veces, pero la fuerte pendiente y la dureza de la nieve no dejaban margen… en un momento dado perdí el piolet, y el deslizamiento controlado… se descontroló.
Fue una caída larga en la que me dio tiempo a pensar muchas cosas. Trescientos metros más abajo la nieve se terminaba y empezaba la pedrera en la que entré a una velocidad de vértigo… Cuando me quise dar cuenta estaba en medio de la pedrera empotrado con la espalda contra un enorme bloque (si no llevo mochila me hubiera partido la espalda) con el fémur derecho roto y la pierna doblada por dos sitios, el natural de la rodilla y por la mitad del muslo. Contusiones por todo el cuerpo y mucha alegría por seguir vivo.
El resto de compañeros bajó hasta donde yo estaba con mucha precaución. Se me hizo eterno.
En aquellos años, no había ni telefonía móvil, ni equipos profesionales de rescate, ni helicópteros disponibles para rescate en montaña… el equipo de rescate eran tus compañeros… y se pusieron a la faena. May y Susi se quedaron conmigo entablillando la pierna con las colchonetas que llevábamos en las mochilas y unos cordinos, mientras que el resto bajaba a pedir ayuda.
Emiliano bajo corriendo (lo de correr por la montaña no es un invento de hoy en día) y en Cardaño encontró a un grupo de conocidos. Les explicó la situación y estos se pusieron en camino hacia arriba con la camilla de lona y tubos de acero que había en el refugio del Club Espigüete. Eran cuatro personas, Juan Carlos, Fernando, Zorrilla y Maxi.
Emiliano sigue bajando hacia Guardo para conseguir un Land Rover que suba por la pista de las Lomas hasta donde pueda y cuando pasa por Pinollano, ve el coche de Luis Antonio. Es su salvación. Luis Antonio tiene mas experiencia y recursos en estos temas. Sale corriendo por la Pista de Mazobres y le alcanza casi en la sima del Anillo.
Bajan a toda prisa y ya con el coche de Luis Antonio se acercan a Velilla.
Tampoco os voy a aburrir con pormenores que debieran contar los protagonistas… El caso es que unas horas después (el accidente había sido a las 11 de la mañana) llegaba todo este cortejo y la camilla hasta donde me encontraba yo.
El descenso en camilla hasta el rio donde esperaba el Land Rover, daría para escribir un libro… El Land Rover era de una mina y lo había «confiscado» junto al conductor la Guardia Civil, (después de muchas presiones de Luis Antonio) pues se necesitaba un vehículo de chasis largo y el suyo era corto. Nunca se me olvidarán los saltos por la pista con la pierna fracturada.
En Cardaño de Arriba espera la ambulancia de la Cruz Roja. Traslado a Palencia…
A las 11 de la noche, doce horas después del accidente, entro con los pies por delante en la «Residencia Lorenzo Ramirez».
A los tres días operación, placa de acero y dieciséis tornillos. Un mes en el hospital, seis meses con muletas sin poder pisar y otros tres más para empezar a caminar…y seguir subiendo montañas el resto de mi vida.
Nunca había contado por escrito y con tanto detalle esta historia. Solo los más íntimos la conocen.
El pasado mes de junio se celebraban los cuarenta años de aquella movida y pensé que ya era hora de pagar una cerveza a aquel estupendo grupo de amigos que dieron lo mejor de sí para rescatarme, así que me puse manos a la obra y conseguí reunir los teléfonos de todos. Desde aquel fatídico día solamente había estado con ellos por separado, incluso se daba la paradoja de que alguno no había vuelto a ver al resto nunca.
Después de varios cruces de correos y llamadas telefónicas el día 15 de junio pasado por fin pude «pagarles» el favor que me había hecho cuarenta años atrás.
Pasamos un rato estupendo juntos, recordando aquellos duros pero felices días. Una pena que Susi y Ana, por diferentes motivos, no pudieran asistir, pero no importa, pues lo pasamos tan bien que ya estamos pensando en «institucionalizar» esa reunión anual en el solsticio de verano.
Por último, no quiero dejar pasar la oportunidad de dar las gracias, con cuarenta años de demora, a todas las personas que colaboraron en mi rescate y posterior recuperación. Los compañeros que estuvieron ayudando, los Guardias Civiles, los conductores de los Land Rover y ambulancia de la Cruz Roja (voluntarios de la zona todos ellos) los extraordinarios médicos, enfermeros… de nuestra excepcional sanidad pública que me repararon…. me olvido a muchos… para todos ellos, mi gratitud. Espero haber devuelto a la sociedad lo que me regaló aquel dia.