Tok, tok, tok… el tiempo pasa lentamente en el campo base los días de mal tiempo. Llevamos esperando una ventana de buena “méteo” desde el día 20 de abril y por fin parece que el cuatro de mayo tenemos una oportunidad.
El día uno, salimos hacia el campo II. Somos los primeros en subir y abrimos huella con dificultad, pues hay mucha nieve, pero vamos con la esperanza de que las condiciones mejoren por arriba. Durante los días de espera en el base, prácticamente ha nevado todos los días. Hemos tenido mañanas radiantes, pero con desesperante puntualidad a mediodía se ponía a nevar.
La noche en el campo II es mala. Al poco de meternos en el saco se oye una avalancha no muy lejos y en unos segundos notamos que las tiendas se mueven levemente, nos alcanza algo de nieve. Es la cuarta avalancha que nos “roza” o nos “golpea” en esta expedición.
A la mañana siguiente salimos con decisión a las cinco de la mañana, pero en el plató, bajo el espolón del campo III, Carlos y yo decidimos darnos la vuelta. La avalancha de anoche es perfectamente visible. Ha caído de nuestro espolón y ha barrido casi todo el plató. En la parte alta de la montaña el viento sopla muy fuerte. Por el corredor que tenemos que entrar al espolón caen continuamente pequeñas avalanchas….
En la montaña, como en la vida diaria, constantemente tenemos que estar tomando decisiones. Unas veces acertadas y otras no, solamente el tiempo nos da la razón o nos la quita.
Para subir una montaña como el Annapurna hay que “estar preparado, saber esperar y estar en el lugar correcto en el momento preciso”. Nosotros en esta ocasión no hemos dado con ese momento y lugar, pero la decisión fue clara. A Carlos (y a mi) le gusta ir con un margen de seguridad. Eso le ha permitido llevar 60 años haciendo montaña a un gran nivel sin haber sufrido ningún accidente grave y nunca le han tenido que rescatar.
Ir a un ocho-mil con él significa regresar y además entero, que es lo importante, aunque a veces sin cumbre. Esto que ahora se le llama gestión del riesgo, toda la vida ha sido sabiduría montañera.
Por supuesto que volvemos algo tristes, pues evidentemente si hemos ido es para subir al Annapurna, pero en absoluto frustrados, pues en una expedición hay muchas otras cosas a parte de la cumbre, el viaje, la amistad, la experiencia…. Y el Annapurna siempre nos estará esperando. Qué vida tan triste si no tuviéramos cosas pendientes.