Como muchos de vosotros sabréis, mi pasión por los rescates en montaña, viene de lejos. En este ultimo año y medio, ya se puede decir que me dedico a ello de forma profesional; pero de forma voluntaria, ayudando en lo posible a los amigos de la Guardia Civil, ya llevo participando en rescates desde hace años. Ahora vienen a mi memoria los más largos y complicados, como los de los tres montañeros sepultados por un alud en el corredor norte del Espigüete (hace unos días que hizo años de esto, pues recuerdo que justo terminó el rescate y regresé a casa para casarme el día 23 de febrero) o los dos chicos de Burgos muertos en Curavacas y que tardaron seis meses en aparecer cuando finalmente se retiró la nieve que cubría sus cadáveres.
De estos dos accidentes tengo muchísima información gráfica y de todo tipo. Un día de estos me tengo que decidir a escanear cosas y con la perspectiva que da el tiempo transcurrido, escribir algo sobre estos rescates.
Pero posiblemente mi afición por el tema, viene de haber sufrido en mis propias carnes, cuando tan sólo tenia 17 años, un rescate en toda regla. De aquella experiencia guardo, aunque parezca mentira, gratos recuerdos. Como se suele decir, «aquello que no te mata, te hace más fuerte» y como dice mi amigo Ángel, en aquella ocasión aprendí dos cosas, «que superman no existe y que el mejor grupo de rescate son los compañeros».
Corría el año 1978 y en aquel mes de junio, todavía quedaba bastante nieve en las montañas (esto también ha cambiado). Junto a cuatro amigos, May Castro, Emiliano Gil, Susi y Chema Abechuco, subíamos por el corredor de las Agujas con nieve dura como una piedra a las 11 de la mañana, cuando por un fallo tonto, me veo resbalando a toda velocidad ladera abajo. De nada sirvieron las maniobras de auto detención practicadas mil veces. Mucha pendiente y nieve dura. Resultado; desgarros generales por todo el cuerpo de los que guardo todavía cicatrices y frenazo contra la pedrera final cuatrocientos metros más abajo. Mucha suerte de no matarme y «sólo» partirme el fémur. Al principio las fracturas no duelen y conseguí yo solo colocarme la pierna, pues la tenia doblada por dos sitios, la rodilla y la mitad del muslo, teniendo la bota practicamente en el sobaco. (Ahora lo pienso, y que locura, mover aquella pierna con la femoral tan cerca de la fractura) Mis amigos tardaron un ratito en bajar, pues no era plan de caerse ellos también.
En aquellos años, no existían teléfonos móviles, ni grupos de rescate, ni nada de nada y la única solución pasaba por solucionarse la vida cada uno en caso de problemas. Después de hacerme una primera cura e inmovilizar la pierna como pudieron, Emiliano salió disparado para abajo a pedir ayuda. De la paliza que se pegó y las vueltas que tuvo que dar hasta organizar un grupo de rescate, se puede escribir un libro, pero el caso es que contactó con varios amigos que estaban por la zona (espero no olvidarme de ninguno, Luis Antonio, Maxi, Zorrilla, Fernando y Carlos) y subieron con una vieja camilla que estaba en el refugio del Club Espigüete. Consiguieron que un Land Rover subiera hasta donde se vadea el río y una ambulancia esperara en Cardaño de Arriba.
No recuerdo muy bien la hora que era cuando llegaron a mi lado, pero ya serían las cuatro o cinco de la tarde. El descenso, para que contar… En la vida he pasado tanto miedo y dolor, sobre todo cuando pasaban los arroyos y ríos. La camilla era incomodísima de llevar y tenían que descansar cada poco tiempo. En el río, traslado al Land Rover (recuerdo que el conductor, dejó el banquete de la comunión de un hijo para subir con su vehículo, desde aquí mi eterno agradecimiento) botes y más botes por la pista con la pierna dando saltos y en Cardaño cambio a la ambulancia de los voluntarios de Cruz Roja y a Palencia, donde ingresé en el hospital once horas después de haber sufrido el accidente. Después poco que contar. Dos operaciones, diez tornillos, una chapa, un mes de hospital, seis meses con muletas sin pisar el suelo, tres meses de rehabilitación y otra vez a la montaña. Menos mal que tenía 17 años, es ahora y me quedo en silla de ruedas para toda la vida.
Pero afortunadamente las cosas mejoran y poco tiempo después empezaron a funcionar los grupos de rescate de la Guardia Civil que han venido desarrollando una magnífica labor durante estos años y esperemos que sigan así. Además desde hace poco más de un año, este servicio se ha visto reforzado con la creación del Grupo de Rescate y Salvamento de la Junta de Castilla y León, y para ilustrar lo que han cambiado los tiempo, un ejemplo.
El mes de enero de 2007, una montañera, sufrió un accidente en la ladera norte del Tres Provincias, lugar más alejado todavía de donde lo sufrí yo, y en tan solo dos horas desde el accidente, estaba ya atendida por un médico y otras dos horas mas tarde entraba en un hospital. La telefonía móvil y el helicóptero, tienen la culpa.
Pero que esto no sirva como ejemplo general. Todavía no tenemos cobertura en todo el territorio de montaña. Los helicópteros no vuelan de noche ni con niebla, ni con mal tiempo, y la prudencia debe presidir todas nuestras actividades en montaña. Que el teléfono móvil no sustituya el sentido común.