Dos meses de expedición se pueden hacer largos, y eso que en esta ocasión en el campamento base del Annapurna estábamos “como Dios”. El campamento estaba sobre tierra, a tan solo 4200 m. de altura, no como en otros ochomiles que se monta sobre el glaciar y a más de cinco mil metros. También influye que después de todo el esfuerzo hemos regresado sin cumbre, porque las cosas cambian mucho cuando te encaramas a lo más alto de la montaña con la que has estado soñando mucho tiempo.
Recuerdo un instante de “percepción cósmica”, como los denominan los psicólogos. Uno de esos momentos fugaces en los que te sientes realmente vivo y su recuerdo te acompaña de por vida.
Estoy sentado al sol en una pradera de Escardú a nuestro regreso del K2. Descalzo, leyendo un libro. Carlos también lee a unos metros de distancia. Dani salta al agua desde una barca en el lago. Hemos empleado mucho tiempo y dinero en la expedición, hemos perdido material por el mal tiempo, hemos pasado momentos apurados, frio… pero todo se diluye gracias a la cima y a que regresamos todos.
También recuerdo nuestro regreso a Katmandú tras el intento al Dhaulagiri, decepcionados, pero sintiéndonos afortunados cuando coincidimos con unos japoneses que habían hecho cumbre, pero dejaban a un compañero desaparecido.
Con todo este royo quiero transmitir lo diferentes que son las expediciones con cumbre y sin ella. Ni mejores ni peores, diferentes, y esta vez he regresado del Annapurna con ganas de sol y agua, un poco saturado de una montaña arisca y peligrosa. ¿Y que mejor remedio para este ansia que unos buenos barrancos en el suelo patrio?
Casi todas las salidas particulares de esta primavera las estoy dedicando a “barranquear” con buenos amigos. Hemos hecho barrancos con un caudal que parecía que nos quería arrancar del suelo, otros secos y vertiginosos, en los que había que agarrarse a la cuerda con fuerza, algunos angostos hasta sentir claustrofobia, complicados péndulos, oscuros sifones, estrechas galerías con luz de catedral gótica, jardines de musgo, saltos, toboganes, cascadas… Que distinto escenario al de la extrema altura, y en el fondo, que parecidas sensaciones; y es que en el fondo, la vida esta hecha de eso, pequeños momentos de felicidad en los que nos olvidamos de la famosa prima de riesgo, las agencias de calificación “y la madre que los pario”.