El pasado año, el día 26, había luna llena. Justamente el día que mi amigo Jesus sufría un fatal accidente en Pirineos.
Este año, la luna llena de agosto fue unos días antes, y yo estaba de guardia en el Grupo de Rescate.
A mediodía, nos llegó un aviso de un accidente en Gredos, en la zona de La Galana. Inmediatamente salimos “zumbando” para allá con el helicóptero. Alguien estaba en apuros y necesitaba ayuda, eso es lo único importante.
De camino, como siempre, siguen llegándonos datos. Coordenadas aproximadas, que ha pasado, lesiones, como van vestidos… A nuestra llagada nos encontramos con una situación peor de la que esperábamos. La herida está en un lugar bastante más inaccesible del que esperábamos y sus lesiones son mayores, pero afortunadamente nada realmente preocupante.
El helicóptero nos deja a mi compañero y a mí en la base de la pequeña pared, y accedemos trepando con la camilla hasta la repisa donde está la accidentada y su acompañante. El lugar es húmedo y poco acogedor. Hay un pequeño techo que va a dificultar la salida de la camilla con la grúa. Ella está helada pues a la sombra hace frio. Tiene un tremendo golpe en la cabeza que su compañero ya ha curado como ha podido, pero lo más preocupante es que la duele la espalda y el cuello.
La tapamos con la manta térmica. Colocamos el collarín. Terminamos de curar la herida de la cabeza para detener la hemorragia. Estudiamos la posibilidad de poner oxigeno… Cuando la tenemos –dentro de nuestras competencias- estabilizada; con bastante dificultad por la estrechez del lugar, y con muchísimo cuidado de moverla en bloque, la colocamos en la camilla.
Avisamos al helicóptero y este se coloca encima de nosotros en estacionario. Nos llega el gancho de la grúa, sujetamos la camilla, damos la orden de subir, la camilla se eleva y sale limpiamente, dirigida por nuestro cabo guía que evita que gire…
En tres minutos está en el helicóptero sanitario, atendida por un médico y enfermero que la estabilizan y la trasladan al hospital. El helicóptero regresa y saca de allí al acompañante y lo deja en lugar seguro.
De vuelta a la base, en el helicóptero, todos regresamos contentos y relajados. Ha sido un rescate en el que ha salido todo razonablemente bien. Un rescate nunca es perfecto y el que diga lo contrario miente.
Cualquier otro día yo estaría eufórico. Estos momentos son los que justifican todos los sinsabores, entrenamientos, prácticas, trabajos… Pero hoy no es así, un sentimiento de frustración me invade. Llevo muchos años volcando casi toda mi energía en intentar ayudar a los demás y una duda me asalta, ¿Por qué hoy he salvado* a una persona, y la pasada luna llena de agosto no pude hacer nada por mi compañero?
*Entiéndase mi participación como una pieza más en el complejo mecanismo del rescate en Castilla y León.
La primera foto está hecha este año el día que regresamos al lugar del accidente. La segunda es del rescate de Gredos.